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Por Edgardo Civallero
Escucho, de mi colección de discos de folklore latinoamericano, un tema del grupo argentino Los Trovadores, renombrado por sus cuidados arreglos vocales. Se llama “Pregones coloniales”: empiezan por el pregón del aceitunero -“Aceituna, una...”- y siguen por el del velero y el aguatero. De esa canción salto a otra del mismo grupo: los “Pregones del altiplano”. Allí, los que suenan son los gritos del vendedor de mantas, del de mazamorra y del platero...
Cuando era niño, la estampa de los pregones era una de las más me gustaba cuando me enseñaban la (deformada) historia colonial de mi país. Quizás aquellos anuncios callejeros tenían algo que ver con la música, elemento que siempre me pareció un maravilloso lenguaje universal. La costumbre de pregonar había llegado de España, en los mismos barcos que trajeron muchos de los productos que se pregonaban.
Hace poco, leyendo las páginas de las inigualables “Tradiciones peruanas” de Ricardo Palma, me encontré con un fragmento que quiero compartir con ustedes por recuperar esta partecita del espíritu colonial americano, un espíritu que no ha desaparecido: simplemente ha adquirido otra forma. Viajen, si no, en algún transporte público en Argentina, en Ecuador, en Bolivia, y esperen a que suba algún vendedor ambulante...
El fragmento que
quiero compartirles es un tanto complejo. Se refiere a la historia
colonial peruana. Muchos de los personajes y productos pregonados son
poco conocidos en otros ámbitos. Sin embargo, creo que un par de
explicaciones posteriores bastarán para aclarar algunas dudas...
Palma explica como los pregones en las calles del barrio de su niñez servían de reloj no-oficial...
La lechera indicaba las seis de la mañana.
La tisanera y la chichera de Terranova daban su pregón a las siete en punto.
El
bizcochero y la vendedora de leche-vinagre, que gritaba “¡a la
cuajadita!”, designaban las ocho, ni minuto más ni minuto menos.
La vendedora de zanguito de ñajú y choncholíes marcaba las nueve, hora de canónigos.
La tamalera era anuncio de las diez.
A
las once pasaban la melonera y la mulata del convento vendiendo
ranfañote, cocada, bocado de rey, chancaquitas de cancha y de maní, y
fréjoles colados.
A las doce aparecían el frutero de canasta llena y el proveedor de empanadillas de picadillo.
La una era indefectiblemente señalada por el vendedor de ante con ante, la arrocera y el alfajorero.
A las dos de la tarde, la picaronera, el humitero y el de la rica “causa de Trujillo” atronaban con sus pregones.
A
las tres, el melcochero, la turronera y el anticuchero o vendedor de
bisteque en palito clamoreaban con más puntualidad que la Mari-Angola
de la Catedral.
A las cuatro gritaban la picantera y el de la piñita de nuez.
A
las cinco chillaban el jazminero, el de las caramanducas y el vendedor
de flores de trapo, que gritaba: “¡Jardín, jardín! Muchacha, ¿no
hueles?”.
A las seis canturreaban el raicero y el galletero.
A las siete de la noche pregonaban el caramelero, la mazamorrera y la champucera.
A las ocho, el heladero y el barquillero.
Aún
a las nueve de la noche, junto con el toque de cubrefuego, el animero o
sacristán de la parroquia salía con capa colorada y farolito en mano
pidiendo para las ánimas benditas del purgatorio o para la cera de
Nuestro Amo. Este prójimo era el terror de los niños rebeldes para
acostarse.
Después de esa hora, era el sereno del barrio quien reemplazaba a los relojes ambulantes, cantando entre pitea y pitea: -¡Ave María Purísima! ¡Las diez han dado! ¡Viva el Perú, y sereno!
Para los desconocedores, vayan las siguientes anotaciones.
La
tisanera vendía hierbas medicinales, y la chichera, chicha, bebida
fresca hecha a base de maíz, muy consumida en la actualidad en el área
andina, tanto en su versión no fermentada como en la otra, que tiene
alcohol y equivale a una cerveza.
La leche-vinagre es cuajada,
producto lácteo típicamente hispano. El zango de ñajú es un guiso de un
fruto ya olvidado, que era de la forma de un pimiento y con una
sustancia viscosa o gomosa en su interior.
La tamalera vendía
tamales, pastelillos a base de pasta de maíz rellena de carne o
verduras y envuelto, todo ello, en “chala” (hoja de la mazorca). Los
productos de la “mulata del convento” eran dulces, obras maestras de
repostería típicas de claustros de monjas.
Al “ante con ante” era el clásico arroz con leche. El alfajorero vendía una variedad de dulces hispanos, los alfajores, aún muy consumidos en América Latina. Los picarones, choncholíes y la “causa de Trujillo” son dulces peruanos parecidos. Los primeros eran especies de buñuelos de zapallo y harina, fritos y bañados en miel.
Las melcochas eran especies de caramelos
de azúcar y mantequilla. El humitero vendía humitas, muy parecidas a
los tamales. Los anticuchos son especies de “pinchos morunos” hechos
con lascas de corazón de vaca, y aún hoy son muy apreciados en Bolivia
y Perú.
El jazminero y demás vendedores de flores las vendían para
que las mozas se engalanaran para sus paseos de media tarde, una
costumbre explicada por Palma en su libro.
Para arreglo de las damas
también existía el raicero, que despachaba unas raíces blandas que
equivalían al cepillo y pasta dental antiguos.
La mazamorra -vigente
hasta hoy en medio Sudamérica- es una especie de cocido de granos de
maíz blanco, usualmente dulce, al que se le agrega distintos
aditamentos para darle un sabor característico, y es, generalmente, un
delicioso postre.
Finalmente, el sereno era una especie de vigilante nocturno, y el animero, un monje que, en procesión, salía a pedir limosnas para las ánimas del purgatorio...
El libro de Palma recoge muchas otras historias, y recomiendo su lectura para los ávidos curiosos de las costumbres y tradiciones de antaño. Entre las incluidas en la obra del insigne peruano se encuentran la tradición del Manchaypuyto; la de la partida de ajedrez del inca Atahuallpa; la historia de Aguirre el traidor; la llegada del primer ratón, el primer gato y el primer melón a tierras peruanas; las crónicas del tabaco; numerosas historias sobre dichos y refranes americanos; reseñas sobre hechos históricos relacionados con la Conquista y la Independencia de Perú; y numerosas reseñas de distintos lances y anécdotas que tienen como actores a religiosos, virreyes, nobles y ciudadanos bien conocidos...
Así como los volúmenes de nuestras bibliotecas pueden darnos la fuerza para que nuestras ramas crezcan y fructifiquen, también proporcionan la tierra en la que nuestras raíces deben afirmarse para que el ramaje pueda seguir creciendo. Porque sin raíces, el menor ventarrón tumba a un árbol. Y ventarrones, en el mundo moderno, es lo que sobra...
Con un puñado de estas lecturas, uno se sonreirá -sobre todo si es latinoamericano- cuando, en el metro o en el bus, escuche el pregón de los modernos vendedores ambulantes... Y se dará cuenta de que, a pesar de todo, muchas cosas sólo cambian la fachada, pero jamás mueren...


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